GAME OVER

En la primavera de 2020 nos encerraron en cubículos en los que comenzó un arriesgado juego que puso en jaque a cabezas y corazones. Nos convertimos en los integrantes de una distopía travestida con haces de luz brillantes que nos llegaban a través de las múltiples pantallas de las que nos rodeamos para hacer más llevadero el aislamiento.

Corazones y cerebros de todos los colores se convirtieron en preciados trofeos para cazadores más o menos hábiles, y conseguir derribar vísceras ajenas se convirtió en el deporte nacional. Los arqueros preparaban meticulosamente su munición mientras los carroñeros arrimaban el hocico olfateando la agonía de las vísceras maltrechas de las que podrían dar buena cuenta a cambio de unas monedas.

Nunca imaginé que sería parte activa en este juego. Mi corazón, y también mi razón, flotaban en una suerte de escenario espacial, acompañados virtualmente de otros que se encontraron con el mismo destino. Danzábamos sin cesar sobre un fondo negro, salpicado de fosfenos de colores ácidos pensados para obnubilarnos y facilitar la tarea de los arqueros.

Solo teníamos respiro cuando aparecía aquella frase en la pantalla: “GAME OVER”. Surgía de la nada e iba haciéndose grande, ¡salvados por el “GAME OVER”!. Entonces yo respiraba hondo al comprobar que, una vez más, mi cerebro y mi corazón habían salido ilesos de la matanza, pero seguía viviendo con la ansiedad constante del “INSERT COIN” que aparecía inmediatamente después invitando a algún otro desalmado, con cincuenta céntimos en el bolsillo, a empezar de nuevo con aquella carnicería, o mejor dicho: con aquella casquería.

El truco para la supervivencia, consistía en moverte constantemente, como si tiritases de frío —o de miedo—, y luego precipitarte al vacío, ¡rápido!, como un kamikaze, para poder esquivar las flechas de los depredadores y, al vez, intentar despistar y noquear a tu enemigo.

La cerveza se convirtió en nuestra aliada, una especie de gasolina que nos daba una cierta seguridad y que hacía que los arqueros lo tuvieran más difícil para alcanzarnos. También a nosotros, a nuestras vísceras, nos debilitaba y nos hacía más difícil la huida. Yo misma me arriesgaba cada vez más acercándome para derribar a los carroñeros, que proliferaban a medida que los cazadores se volvían menos hábiles. Normalmente no superaban a la quinta o la sexta jarra de cerveza.

Compartir espacio y riesgo con otros cerebros y otros corazones generó ciertos vínculos, conformamos una sociedad solidaria y holista basada en la resistencia. Pero esos vínculos estaban originados por intereses, bien de tipo racional o bien de tipo emocional dependiendo de qué puntuase más en el juego: corazones o cerebros. Entre vísceras había que apoyarse. Lástima que ese apoyo no resultara tan fácil.

Se estableció un debate sobre la importancia de razón y corazón, ambos defendían su supremacía sobre el otro, con lo cual su cuota de participación no debía ser la misma a la hora de tomar ciertas decisiones vitales para la supervivencia. Comenzaron las guerras internas. Pero esa ya es otra historia... 

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